Leopoldo Alas «Clarín» nació en 1852 en Zamora. De padres asturianos, regresan a Oviedo en 1859. Aquí en Asturias comienza su pasión por la lectura y conoce, a través de la biblioteca de su padre, a sus dos grandes maestros: Cervantes y Fray Luis de León. Con once años ingresa en los ''estudios preparatorios'' de la Universidad de Oviedo, donde conoció a Armando Palacio Valdés, Tomás Tuero y Pío Rubín. Al terminar sus estudios universitarios viaja a Madrid, donde se reencontrará con sus tres amigos. Escribió en varias revistas y su obra cumbre fue ''La Regenta''.
Comentamos uno de sus pequeños cuentos, ''En el tren''. Este texto fue publicado en El Imparcial en 1895. El texto comienza en un tren con la desesperación del duque de Pergamino, un hombre con muchos títulos nobiliarios al que –por torpeza del servicio ferroviario– le ha tocado un vagón corriente, sin cama, sólo con asientos, a pesar de que su billete era de primera. Por si esto fuera poco para el duque, a medianoche el jefe de la estación introduce a dos personas más en el vagón: una dama enlutada y un teniente de artillería que se dirige a Santander para embarcar hacia la guerra de Cuba.
El duque cede indignadísimo y los dos nuevos tripulantes toman asiento. El teniente de artillería y el duque empiezan una conversación donde Clarín expresa, a través de esta conversación, su opinión sobre la guerra: lo fácil que es hablar de heroicidad y patriotismo para el duque desde su comodidad, mientras el teniente realmente va a combatir dejando a su familia atrás. Habla el duque con soberbia sobre un héroe caído en ultramar del que no recuerda ni su nombre. La mujer, a su vez, representa a aquellas personas que no luchan directamente en la guerra pero sufren todas sus consecuencias, como el hambre, la pobreza, la muerte de los familiares...
Finalmente el teniente de artillería llega a su destino y quedan a solas el duque y la dama enlutada, una mujer de pocas palabras. Llegados a una estación, la dama avista y llama desde la ventanilla a una pareja también enlutada que la abrazan y rompe a llorar. Se despide de ellos y continúa el viaje... El duque no puede evitar preguntarle a la mujer qué es lo que le ha sucedido. Ella era la mujer de aquél héroe del cual no recordaba el nombre.
De este cuento podemos sacar una moraleja: no debe uno hablar tan a la ligera de las cosas sin asegurarse antes de no estar dañando los sentimientos de los demás.
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